Poesía: Juan Carlos Olivas

Juan Carlos Olivas

(Costa Rica, 1986). Ha publicado los poemarios La Sed que nos Llama; Bitácora de los hechos consumados por el cual obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de poesía 2011 y el Premio de la Academia Costarricense de la Lengua 2012; Mientras arden las cumbres, Premio de Poesía UNA-Palabra 2011, El señor Pound Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2013,  Los seres desterrados, Autorretrato de un hombre invisible (Antología personal), El Manuscrito Premio de Poesía Eunice Odio 2016, En honor del delirio Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2017 en Ecuador, La Hija del Agua, El año de la necesidad, Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador, Colección Particular – Antología personal, Las verdades del fuego – Antología personal, Contra un cielo pintado, y Los vínculos salvajes.


 

A nadie vamos a engañar con esto:

El tiempo exige sangre.

Lo intuía el padre de mi padre 
al talar el primer árbol, 
hube de saberlo entonces 
al sentirlo caer, tan fuerte era, 
bajo el estrépito de una selva 
rodeada por bárbaros. 

Parte de un hacha 
sabe que es un fantasma de madera. 
No se le puede culpar. 
Convenimos hacer una casa 
de ese y muchos árboles 
que corrieron igual suerte, 
sin saber que nombrábamos, 
noche tras noche, 
impero tras imperio, 
las entrañas silentes de un cadáver.

Aun así, 
aquella y ciertas casas nos protegieron 
de la crueldad de los elementos, 
bailamos sobre sus pisos encerados, 
vimos crecer a otros en la paz de sus savias, 
y morir a cuanto ancestro 
pueda enterrarse en sus afueras. 

Pero algo reclamaba en silencio 
aquella cortadura, 
los veranos se presentaban lentos 
como cortejos fúnebres, 
había una rara expectación 
entre lo que la vida solía disponer 
y lo que el destino impuso a toda costa. 

Lo que los bárbaros llamaban fragancia, 
para mí era un hondo olor a sangre. 
No sabía que la muerte hilvanaba 
tan fina y tan diversa nuestra historia. 

Y ahora, estamos aquí, 
tratando de elegir palabras 
que definan el sabor del hierro, 
sorteando los embates de los leñadores, 
amparados a la única luz 
que emigra a sus adentros.

Y entre todas las formas 
que surgen de este claroscuro
aun persiste la que empaña tus ojos:
ya no busques tu casa, 
no somos más 
que la herida que habitamos.

 

 

A veces me preguntan mi nombre y digo: Ulises.

Por los mares de las noches abiertas
navego con mi barca de niebla 
                                    hacia la música. 

Al fondo, late un canto, 
un signo órfico que rueda 
por el filo de la luna hasta caerse.

Libros viejos me acompañan, 
mi tripulación que combate el vendaval
corona este huracán hecho de letras.

Los cadáveres de las sirenas en la espuma 
nos recuerdan lo que no hay que seguir;
pero, la magia sigue siendo una 
a pesar del misterio y sus embustes, 
                           a pesar del diamante
y la autofagia de los dioses, 
a pesar de todas las Penélopes 
ahogadas en la orilla de la espera.

Ningún hijo está a salvo 
de compartir el destino de su padre.

No más puro que el deseo
el árbol maldito sabe que puede dar sus frutos, 
y hay tinta que discurre con la lluvia 
                              que mermó a su tiempo. 

Lo que depara el mar es lo infinito.
No la dorada costa 
donde el sol se pudre tardo, 
no los oráculos que auguran 
las victorias de nuestros enemigos, 
no los fantasmas de la perfección 
en un vaivén de plata detrás de los helechos. 

Va más allá, 
          emigra su verdad 
                 como el rayo de culpa 
                                      hacia la carne; 
convierte en naufragio todo orden, 
desaparece los días para siempre. 

A viejos llegan 
los que ya no fueron héroes.

Un sueño truena aún en la memoria. 

A veces me preguntan mi nombre, 
y sin saberlo, digo: Ítaca.

 

 

Mi hermano está perdido. 

No cantará ya más junto a las rocas, 
no saltará los juncos de los ríos celestes, 
no se repartirá en las sangres insumisas del domingo, 
no le veremos palpar un cuerpo a ciegas, 
no vendrá con la nada a decirnos lo que piensa, 
no será materia del esplendor ni de la espera, 
no lo soñarán los niños ni los poetas del futuro, 
no se detendrá frente al Gran Cañón 
ni su eco nos golpeará la cara como un magma sonoro, 
no lo soportarán en una esquina los libros de historia, 
no aprenderá a leer las viejas runas 
ni elevará un tótem en las frías colinas, 
no posará frente al pincel oscuro, 
no descansará en los prados cuando llegue el verano
ni comerá lentejas cuando lo tiente el hambre, 
no pasará husmeando las viejas casuchas derruidas,
ni sacará a bailar en la sombra a una doncella,
no beberá el calostro de los días,
no vendrá con la lluvia, 
no calcará su rostro una nube,
ni hallará gracia en el canto de las aves, 
no cederá su luz hacia otra cosa, 
porque yo mismo lo maté. 
Con estas manos lo maté. 
Mi hermano está perdido para siempre
y yo también.

 

 

Tomen lo que ofrezca todavía 
un cuerpo partidario del amor. 
Eduardo Langagne

Si total ya no me importa demasiado,

que hagan con mi cuerpo lo que mejor les plazca. 
Quizás sirvan aun las córneas, inertes pero vivas 
por haber visto lo que ellas solo callan.
Que tomen mis pulmones alelados de humo 
como dos nubes pálidas y henchidas. 
Que se lleven mi lengua, que la regalen a un marino 
o a alguien cuya vida esté ligada con el agua, 
y vuelva a hablar cuando partan las naves 
en cualquier hora, cualquier puerto. 

Córtenme las manos y dénselas al viento
partido por las labores del herrero, 
o a quien cultive una pitahaya, un limón, 
o un colmillo de elefante entre maderas y cuerdas. 

Que traspase mi hígado el fantasma del fulgor
una vez más, en un cuerpo feliz, celebratorio;
así como mi sexo que tantas veces se paró 
para atisbar el cielo y lo encontró 
en cavernas húmedas de carne. 

Tengan la bondad de llevarse mi vejiga, 
mis riñones encalados de tiempo, 
el que se fue, el que me hirió como un puñal 
cuando lo tuve. 

No dejen mi piel sobre el sofá;
puede que sea un buen abrigo de segunda mano
el día que tu infierno esté cubierto de nieve.

Me queda por donar el corazón, 
pero qué clase de poeta sería yo, 
que bazofia parlante, 
si no lo diera entero a los gusanos, 
a esta tierra arada de luz y podredumbre.

Si ya quedara algo, 
si sobrara en el suelo un resquicio de mis días, 
pónganlo todo al fuego
y no sientan temor. 
Acostumbrado estuve desde siempre 
                                                     a la ceniza.

 

 

Difícil, cada vez más, la poesía. 
Carlos Martínez Rivas

Es cierto,

aquí ya nada queda. 
Me has vencido, poesía. 
¿Debo llamarte así, 
o medusa que antemano 
mi rostro enmudeciera, 
o témpano que a duras penas 
me absorbiese a contraluz, 
o saeta cuyo miedo 
no puede ocultar la voz del agua?
Nombrarte acaso, así,
con tanto mundo en las manos vacías, 
con las acacias revueltas de veranos dolientes 
donde las fechas acarrean por sí mismas 
su carromato de sombras, 
prestas al ruido blanco de sus ruedas, 
despertándome de un sueño de parias
en el que todo era prístino según su propia ley. 
¿Dónde nombrarte?
Si ya voy de bajada por la vida, 
y no hice honor a los trabajos del escorpión, 
ni seguí el rastro de sal 
que conducía al hogar de la serpiente. 
Prorrumpieron las cumbres su nevada 
y yo no puede verlas
porque apenas salía de encontrarte en la palabra, 
apenas esbocé una breve línea 
digna quizás de soportarte, 
de sostenernos sin mácula u horizontes;
apenas pude rozarte con la espina 
para decir que no hay grieta en el pliego de tu historia, 
que ya no estás en la vida real ni en la muerte
sino en el tiempo que ahoga los geranios, 
que amarillea los libros que sordos te contienen,
que me hace ir más jorobado 
y ocultar mi rostro del atardecer. 
Tal vez no fuiste otra cosa más que el tiempo 
y en él, tu único tema;
tu sola canción inaugural y vespertina 
que todos los que te buscaron quisieron tañer 
en liras empolvadas y maltrechas. 
Pero tú los alcanzaste primero, 
decapitaste pájaros que no sabían volar, 
y dejaste solamente aquello que fuese rapaz y duradero. 
Muchos no te entendieron y quisieron matarte;
con túnicas amargas llegaron a cubrirte, 
con flores quisieron tapar la podredumbre, 
darte un nuevo trabajo
donde no incomodara tu presencia. 
Tontos fueron, 
porque tú enalteces al humilde 
delante de los poderosos, 
no te entregas a cualquiera 
salvo a quien lleve en tu espalda 
el azogue de tu carne, 
a quien beba sin dudar tus veredictos. 
Es por eso que a veces
me tornas invisible y lo agradezco, 
hueles a mi sangre, pero no estoy ahí, 
y aunque digan encontrarme en tus huellas 
sé que estuve de paso solamente, 
en tu bella ciudad fui forastero. 
Pero me fueron doliendo como propios
los libros añejados por la desesperación, 
las fotos con caras conocidas, 
la música que habita las maderas, 
la joven mano que se posa en la mía
y me recuerda la sed de lo cumplido. 
Ya no me debes nada ciertamente. 
Si mañana te fueras, 
estaría feliz que así lo hicieses. 
Una vez me salvaste, 
y aunque ahora estoy perdido, 
quizás en soledad digas mi nombre, 
tal vez ya no haga falta ni tocarte.
Reine en mí, pues, tu enfermedad.

Poemas pertenecientes al Libro “Los vínculos salvajes”, Nueva York Poetry Press, 2025

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